Era una tarde de Abril y la puerta seguía encallada…
Era una tarde de abril, de esas tardes confusas, que han quedado en el camino que hay del invierno al verano. Yo estaba sentado en un banco de color verde en la plaza de España. Alguna vez he oído que en casi todas las ciudades de España, hay una plaza de España, por lo que podréis deducir que me encuentro en España, pero difícilmente podréis colegir como me llamo, donde vivo, cual es mi estado civil o mi edad. No suelo entablar conversaciones con los demás, prefiero cerrar mi mente y guardar la información para mí, además siempre he opinado que: “El sabio deja de ser sabio cuando transmite todo su saber”.
La gente que camina por la ciudad, no se percata de mi presencia. La mayor parte de la gente es gente trajeada, con sus pesados maletines cargados de documentos. La gente trajeada no es capaz de perder un solo segundo en mirar a su alrededor. Las nubes grises, preludio de la tormenta, me obligan a abrir mi paraguas, pues, comienza a llover. Me levanto del banco y cierro dos botones de la gabardina, doy un paseo por la ciudad, En los escaparates de las librerías relucen las nuevas estilográficas, creo que estas herramientas son las manos del arte, y el dibujo técnico. Mientras miro las estilográficas estoy fumando un puro, el humo se mezcla con la lluvia, se mezcla con el aire y con las personas de la calle. Me vuelvo hacia la calle, y como siempre está llena de trajeados, << ¡Esos estúpidos trajeados!>>, pienso. Todos hipnotizados, caminan con paso firme y velocidad constante. Al poco tiempo sale entre los trajeados una persona anormal, viste con traje, pero con un traje muy particular o extravagante. En lugar de corbata lleva una soga atada en el cuello de la camisa. La camisa es de color escarlata, hay algunos lunares rojos dotados de un relieve inusual. Además lleva como cuatro o cinco chaquetas de colores chillones, como el fucsia, pistacho, amarillos…parece un memo.
Mira hacia todos los lugares, mira todas las caras, todos los árboles, el suelo…lo mira todo, incluso a mí. Cuando lo hace, en unas fracciones de segundo una larga y malévola sonrisa se dibuja en su rostro, pero es una sonrisa rápida, el hombre no tiene dientes. Con un gesto rápido desaparece, en el suelo está la que creo que es su cartera, la cojo y rápidamente lo alcanzo. Pero no me acerco a él, simplemente lo sigo con la vista, no quiero preguntarle, decido seguirle un rato.
Enseguida abandona las perpetuas calles alborotadas de la ciudad, y pasa a un plano más antiguo y desolador de la misma. No se ha vuelto todavía ni una sola vez, creo que no se ha percatado de mi presencia. Cuanto más pasa el tiempo y me voy adentrando en las entrañas más antiguas de la ciudad, una sensación de soledad me invade, me siento muy desamparado. En la calle solo nos encontramos los dos, es una calle angosta silenciosa y con poca iluminación. Se escuchan los pasos como si de martillazos se tratase. Estas calles habían conseguido escapar de las frías manos de las promotoras.
El hombre se detiene delante de una casa y entra por la puerta principal. El tiempo ha pasado con crueldad por su fachada, tiene todas las ventanas tapiadas, es increíble que una cosa así esté abierta. Yo decido dar un paseo y observar esta parte de la ciudad. En este lugar el mundo es diferente, parece que solo vive aquí la gente que tiene otro pensar, la gente que es excluida de la sociedad por qué piensa diferente. Algunas veces me pregunto qué es lo diferente y que es lo normal. ¿Es diferente no creer en Dios? ¿Es normal matar a tus padres con una espada? Alguna vez he oído hablar de los Hikikomori, son personas que no salen de sus casas y que son capaces de vivir varios meses e incluso años sin salir de su habitación. Todo, por no sentirse capaces de seguir los roles de la sociedad japonesa. Así que, no podemos saber que es normal y que no lo es.
Después de pasear un rato vuelvo hacia la casa que en la que había entrado ese ser. Tengo ganas de regresar a casa, asique voy a ir a devolverle su cartera. Abro la puerta muy despacio, el ocaso anuncia la noche muy próxima. La puerta produce un chirrido suave al abrirse. El pomo está lleno de polvo como si jamás hubiera entrado nadie. Al entrar se percibe un frío abrumador, me dan ganas de abandonar la casa e irme rápido, decido apresurarme. El suelo tiene una capa de polvo y el tapiz del vestíbulo se ha despegado. Se aprecia una ráfaga de aire. Me encuentro en un recibidor pequeño, en el centro hay un pasillo que se pierde en la oscuridad. La puerta se cierra con furia, parece que es debido a la corriente. Yo retrocedo rápidamente e intento abrirla pero esta ha quedado encallada. Me quedo un pequeño rato apoyado en la puerta esperando a que mis pupilas se acostumbren a la oscuridad. Una vez lo han hecho, me voy adentrando en el pasillo. La oscuridad yo y la cartera nos unimos en un todo. Conforme me adentro un el frio se hace mayor. Entro en la primera habitación que veo.
-¿Hola?-digo con un ligero temblequeo en la voz.
Nadie contesta. La habitación es una pequeña biblioteca, en el centro hay una mesa con unas sillas. Las estanterías están rebosantes de libros que el tiempo ha repudiado y que las personas han abandonado. Salgo de la biblioteca y entro en la segunda puerta. Esta es una habitación vacía. Tiene una ventana que da a un patio de luces, por lo menos en esta habitación hay un poco de luz. En la habitación solo hay un taburete pegado a la esquina. Parece una habitación para meditar. Esta habitación está más dañada que ninguna, creo que eso lo han hecho los rayos de sol. Salgo de la habitación y abro la tercera y última puerta. En esta habitación hay grapas, está llena de grapas, todo el suelo está lleno de grapas, también hay una ventana. La segunda habitación sigue siendo la más dañada. También dejo abierta la puerta y el pasillo se ilumina un poco, parece que la casa me lo agradece. Me pregunto dónde puede estar el hombre misterioso. Vuelvo a entrar a la biblioteca y con cuidado pego mi oreja a la puerta que hay en esta. Se escucha a alguien hablar muy flojo, no se percibe ninguna luz, hay una completa oscuridad. La abro poco a poco y entro muy despacio. En esta habitación hay un pequeño escenario de madera elevado. Delante del escenario hay cuatro sillas.
-¿Hola?- digo intentando disimular el miedo.
En el escenario hay un pequeño sofá y una mesa. El sofá está de espaldas a mí. Se ve el humo de un cigarrillo ascender, hay alguien sentado en el sofá. Además del humo hay una cuerda que sube desde el sofá a un mecanismo que hay en el techo, parece que sirve para poder desplazar a lo que hay sujeto a la cuerda.
-Disculpe, iba paseando y vi…
En ese momento, el sofá se vuelve y una silueta se levanta. Tiene una cuerda alrededor del cuello. Si salta del escenario quedará ahorcado. Corre hacia mí y salta, yo intento apartarme pero me arrolla violentamente. Choco contra la pared, noto la espalda dolorida, ha sido un fuerte golpe. El hombre misterioso está sujeto por el cuello de la cuerda, yo me levanto rápido e intento soltarlo para que no muera. Al forcejear con la cuerda, el me da una patada en la boca y caigo redondo al suelo. Noto mi boca dolorida y la sangre comienza a manar de las encías. Me duele mucho. El hombre se ha quedado completamente quieto, está ahorcado. Aún no se puede distinguir su rostro. Me acerco a la ventana e intento abrirla, pero no se puede. Busco un poco en el escenario y encuentro un hierro. Golpeo la parte de madera. La luz va entrado poco a poco, de vez en cuando voy escupiendo la sangre. La luz, entra ofreciéndome una calma necesitada, una calma solicitada. Esta desvela algunas cosas. Tengo toda la camisa manchada de sangre, pero no es mi sangre, en ningún momento me ha caído sangre. En el escenario también hay sangre, y en el sofá y en la mesa. Me acerco al hombre misterioso y observo su rostro. Parece que está llorando, pero no está llorando lágrimas. Está llorando sangre, tiene toda la cara llena de sangre. Se ha arrancado los ojos y ha llenado sus cavidades oculares de lo que parece ceniza. Ha utilizado sus cavidades a modo de cenicero. Registro su cadáver y encuentro un documento que parece una carta.
Querida señora, me ha sido usted de gran ayuda pero ahora tengo que ir a Alcasoca, discúlpeme señora. Cuando quiera verme cierre los ojos, pues mis ojos serán suyos. Disfrute de la casa, se la puede quedar y además, señora, queme mis documentos.
Alfredo de la vega.
Era una carta muy extraña, además no sabía que era “Alcasoca”. Salí de la habitación y en el pasillo leí la carta varias veces hasta que ya no hubo luz suficiente. Me dirigí hacia el recibidor. La puerta seguía encallada. En el recibidor había otra persona, no me había fijado, pues, se ocultaba entre las sombras de las esquinas.
- ¿Has oído hablar de que la curiosidad mató al gato, chico?-dijo el hombre.
-Disculpe, es que quería devolverle cartera a ese hombre y no entiendo nada de lo que ha ocurrido.-dije tembloroso.
Sí, pero si tú no te hubieras entrometido ahora Alfredo no estaría muerto ¿sabes, chico?
Lo siento señor pero…
El hombre se alzó sobre mí cual si de una sombre se tratase. Me golpeó con algo que llevaba en las manos varias veces. En las manos, en el hombro, en la cara, en las piernas. Sentía dolor en varias partes del cuerpo, al final todo el dolor se fusionó en un cansancio general. A cada golpe que recibía más cansado me sentía…el hombre disfrutaba golpeándome…pude oír como decía que no me entrometiera en los que no fueran mis asuntos, nunca más.
A la mañana siguiente desperté magullado en la puerta de la casa, pero por fuera. El sol no era cálido, era frío. Estaba muy magullado, me dolía todo y tenía bastantes cardenales. Creo que la puerta seguía encallada, pero no lo comprobé, no eran mis asuntos. Tardé mucho tiempo en recuperarme de esa paliza, pero aprendí una buena lección que no hay que meterse en los asuntos de los demás.
FIN
Add comment Abril 21, 2008


